Los minutos han ido pasando y el agua turbia no ha cesado de escurrir por los muebles, por mi rostro. No eran las últimas, eran las primeras. El mar oscuro y salado no era más que el preludio de este incensante goteo que me turbia la vista, desenfoca mi alma.
Ya no hay ira, no hay desesperación. El sitio de la ira lo ocupa ahora la ansiedad, el de la desesperación la determinación. Difícil combinación. Con cada gota de mar salado aumenta la consciencia de lo que amo. Con cada gota crecen la determinación y la ansiedad. Pero sigo miope a las palabras, que terminan siempre por herirme de forma incomprensible.
Sólo quiero ser, no hablar de ello; sólo amar, no soñar con ello; sólo sentir, no elucubrar sobre ello. Y si las gotas no han de cesar, simplemente vivirlo. Una vez más salgo de la Freudenhaus, de mi escondite, y voy a vivir estas aguas.





