La ingravidez
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A veces el del teléfono de la esperanza comunica y no sabes si estará comprando el partido en Digital +. Semejante autoincurvación adormece a su clientela, pasa por alto lo ancho y se remansa en lo profundo. La no escucha ignora, desertiza lo social y macera interiormente. El rugir de mares que braman le advierte: nos vas a oír. El sordoabsurdo comprenderá y obedecerá.
Existe el peligro de encerrarse en la oficina con la escopeta pero también, sobrecargado de solicitaciones exteriores, el de encerrarse fuera de la ofician con la ametralladora; arrebatado por el torbellino aturdidor de sensaciones, constantemente y por completo fuera de sí, derretido en un juego de excitación. Ese resplandor que parece una riqueza no es más que limadura agarrada por el imán. Pierde el mundo el que se pierde a sí mismo.
Demasiada rumia disipa, demasiada interioridad sutiliza, instila el egocentrismo como sombra de tu propio campanario. Cultivar ese reflejo del yo, conservarlo, protegerlo, se vuelve único horizonte.
El proceso continúa ignorando que solo es posible encontrarse y fortificarse por mediación del otro. El repliegue sobre las complicaciones íntimas, la complacencia decadente de sí, frutos del lujo y de la ociosidad, han comprometido definitivamente la cultura con el aburguesamiento.
Ciertos enfermos han roto tan radicalmente con el mundo exterior que hablan de sí mismos en tercera persona, como el niño cuando no se ha situado bien entre los objetos. No sienten su propio durar, empujan cada momento para llegar al siguiente, arrastran las agujas de un reloj parado.