Soy una isla dentro de otra isla. Cierro los ojos y siento como me rodean todas las aguas de mi historia. Los abro y veo estas otras aguas, más reales y saladas entre las que vivo hace ya dos días.
Vivir en una isla tiene la ventaja del perenne matrimonio con el mar. Siempre y cuando, claro, a uno le gusten el agua salada, la arena de la playa y las algas enredadas entre los dedos de los pies. En una isla, antes o después, todo termina por ser familiar, conocido. Cada esquina, cada recoveco de la costa llevan asociados un recuerdo, un antes y nos permiten sentir el calor de lo conocido incluso en los momentos más fríos. A quién no le gusta sentirse seguro y protegido en medio de lo que conoce?
Sin embargo las islas ocultan una maldición para quienes, como yo, miramos siempre lejos y nos preguntamos que hay más allá de la línea del horizonte. Las islas se nos quedan pequeñas. Demasiados huecos que llenar en mi alma y en mi corazón como para encontrar todas las respuestas en un montón de rocas, por entrañables que sean.
Vuelvo a cerrar los ojos, regreso a la isla de mi historia y maldigo la tempestad que yo mismo invoqué y que destrozó mi barca. Irreparable?