Tras muchos días de no abandonar sus cuartos, todas las putas del piso de arriba se pusieron de acuerdo y vaciaron sus orinales y escupideras de golpe y a la vez. La cisterna quedó rebosante de un mar inquieto, oscuro, mezcla de todas las iras, deseos incumplidos, sueños rotos, besos al aire, espumas solitarias, gemidos indeseados, palabras impronunciables, odios irrealizables. Bastó un leve golpe de viento – una palabra – y las paredes de la cisterna cedieron ante la fuerza de esas aguas inundando completamente el piso de abajo. Y casi me ahogo, rodeado de tanta sal, presa del pánico por la falta de aire, incapaz de entender nada de lo que veía, de lo que escuchaba, de lo que leía.
He logrado llegar a la puerta de la Freudenhaus. He girado el pestillo y, fuertemente asido a las maderas del umbral, he dejado salir este mar, he cogido aire, me he limpiado los ojos y he regresado a mi sitio en la barra. Empapado, aterido, agotado, sólo atento ya al tintineo de las últimas gotas escurriéndose por los muebles, escapándose por mi rostro.
