Desde la barra

He tenido que irme a la barra. Desde aquí, con una copa en la mano y haciéndome el interesante, es como si nada de lo que está ocurriendo en el “Freudenhaus” tuviese que ver conmigo. Ni siquiera bebo de mi brandy, sólo se trata de ganar distancia del guirigay que tienen montado mis “chicas”. No es más que un nuevo intento de reconciliación. Será, como siempre, un intento infructuoso. No podré entender el desconcierto de sentimientos, del mismo modo que no podré sentir casi nada de lo que pienso.

Las “chicas” de mi burdel se están volviendo completamente locas. Las hay que se quieren ir a toda costa, cansadas de estas paredes, de lugares conocidos, de vivir en un contínuo déjà vu del que se sienten injustamente presas. Y tienen razón. Otras disfrutan de la seguridad y calor que les ofrecen estos terciopelos, cojines y visillos rojos con los que he decorado el recibidor del prostíbulo. Nunca suben a los pisos de cristal. Solo reciben en los apartados de la planta baja y, aunque no generan muchos beneficios, no puedo despedirlas. Son tan mías como las otras. Luego están las “desconocidas”. Las llamo así pues apenas las veo. Viven arriba, en los pisos de cristal, escondidas, al acecho de las demás y de mí mismo. A las que se quieren ir las conozco bien. Y a las que se quieren quedar también. Son las de todos los días. Escucho atento las protestas de unas y miro con ternura la pereza de las otras.

Las de arriba son diferentes. Gritan, se ríen de mí, me miran callando, son al tiempo reproche y aguijón motivador. Cuando subo a sus cuartos siempre temo ser sorprendido detrás de una puerta con lo que no quiero ver (no quiero verlo porque no es nunca fácil de entender, porque a veces duele sentirlo). La pasión desenfrenada, el odio desencajado, los celos armados, la risa indiferente, el gesto convulsivo, la entrega sin límite, … son cuartos en los que caben el frío nítido de la nada y el calor contundente de mil soles. Y ellas viven ahí. En mí.

Las voces desde los pisos de arriba son cada vez más nítidas. Canto de sirena, polarizador de mis pasos. Mis habituales están revolucionadas. Las que se quieren ir dicen saber por qué. Las otras ya sólo sienten miedo y se abrazan frenéticamente a los cojines.

Y yo? En la barra, sintiendo lo que no entiendo.

Llegó un día, llamó a la puerta, pasó corriendo por el recibidor y se fué directamente arriba. Por mucho que me empeñé en mostrarle mi cuarto con ventana…
Ella no es todo, pero sin ella ya nada es completo.

Publicado en  on Abril 16, 2006 at 10:02 am Comentarios (2)

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2 comentarios Leave a comment.

  1. Las putas me producen melancolía. Seguramente, esto no es nada original y muy masculino. Un mito que no sé si está pendiente de inventar que es la puta que se hace tu amiga. Seguramente, ellas no piensan lo mismo.

  2. Seguro que no.


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